03/10/2016La industria "invisible" del turf

Menos de tres minutos puede demorar un purasangre en cubrir los 2.800 metros que lo separan de la meta en el Hipódromo de Maroñas. Pero detrás de ese tiempo fugaz, hay un trabajo de miles de personas que dedican días, meses y años a hacer que cada fin de semana el público pueda disfrutar de ese espectáculo. Para centenares de familias —principalmente de la zona de Maroñas— representa su sustento y su forma de vida. Desde jockeys y entrenadores, hasta vareadores, peones y cronometristas, pasando por otros menos visibles como veterinarios, pesadores y los encargados de las chaquetillas de los studs, constituyen parte fundamental del personal del Hipódromo.


Facundo Santesteban tiene 32 años, es entrenador y está a pocas materias de recibirse de veterinario. Comenzó a trabajar en Maroñas en el año 2009, luego de regresar de un intercambio en Estados Unidos, donde trabajó en un centro de entrenamiento de caballos. Le dedica unas 15 horas al día a asuntos propios del stud: desde planificar los entrenamientos y la comida de los animales, hasta las tareas administrativas.


El "compositor", "preparador" o "cuidador" - como se los suele llamar también a los entrenadores "vendría a ser el director técnico de un equipo de fútbol", explica Santeasteban. Tiene más de 50 caballos a cargo, además del personal, y es el que establece el régimen de comida de los caballos, cuánto y cuándo deben entrenar y quién lo monta, entre otras cosas.


En la mayoría de los casos, los trabajadores comienzan su jornada cuando sale el sol: en verano arrancan más temprano (aproximadamente a las 6:30) y en invierno, cuando las noches son más largas, comienzan a eso de las 7:30. Pero muchos van al hipódromo antes de que abra la pista y aprovechan ese tiempo para arreglar sus cosas. Cada mañana, Santesteban llega una hora antes y se dirige a la caballeriza donde ve "qué caballos comieron, cuáles lo hicieron bien y cuáles no" y a partir de allí decide a cuál entrena y a cuál no.


Unos minutos más tarde llega Gabriel "Tic-tac" Rodríguez, el cronometrista oficial de Maroñas. Como muchos otros, su gusto por el turf comenzó desde chico. "Como vivía cerca, empecé a venir a ver los ejercicios matinales de los caballos a los 6 años y a los 14 comencé a tomar tiempo para mí, para saber por quién apostar", relató.


Ese conocimiento sumado a una cuota de suerte le permitió ganar una de sus apuestas. "Tuve una alegría muy grande el 6 de agosto de 1996, cuando un caballo mío ganó y con esa plata me pude hacer la casa donde vivo hoy". A pesar de eso, confiesa que ha apostado varias veces y "son más las que se pierden que las que se ganan".



Hace ocho años lo contrataron en Maroñas, pero sigue su rutina de la época "amateur". Todos los días, Tic Tac llega unos minutos antes de que abra la pista, se prepara el mate, y se sienta en el palco oficial a la espera de que los caballos comiencen a correr. Una vez que termina de tomar los tiempos —sobre las 10:30— los datos son subidos a la página web del Hipódromo y pueden ser utilizados por el público.


Impacto social.

Santesteban y "Tic-Tac" Rodriguez forman parte de las más de 2.500 personas que se encuentran en el entorno del Hipódromo y que están ligados directamente a la actividad hípica en Maroñas. Están registrados 160 cuidadores con licencia; 75 jockeys habilitados; 89 veterinarios y el resto se completa con capataces, serenos y peones de los studs.


En cuanto a los empleos directos, Hípica Rioplatense Uruguay —empresa concesionaria del HNM y del Hipódromo de Las Piedras— tiene en planilla a 900 personas, que incluyen al personal del centro hípico y al de los slots. A eso se le suman los 300 funcionarios subcontratados para desarrollar servicios como limpieza, seguridad y mantenimiento de espacios verdes, entre otras tareas.


En total, se estima que más de 44.000 personas dependen directa e indirectamente de la industria del turf en Uruguay, de acuerdo a una investigación realizada por la consultora CINVE. "El impacto social de la actividad hípica se extiende a todo el país, creando una cadena productiva que abarca la reproducción, cría, comercialización y competencia de los purasangres de carreras", explican desde el Hipódromo.


En Maroñas se alojan cerca de 1.000 equinos y otros tantos en los distintos studs que se encuentran en su entorno inmediato. Los encargados de cuidarlos son los peones que suelen ser jóvenes que viven en el barrio. Son los que pasan más tiempo con los caballos.


Martín Pintos tiene 19 años y trabaja desde los 15 como peón. Sus tareas consisten en cuidar a los caballos, limpiarlos, bañarlos y cepillarlos. Además los alimenta y cuando abren los studs es el encargado de ir a buscarlos y llevarlos a la pista de carreras. A veces sale a dar una vuelta de tiro. "Los caballos siempre me gustaron, desde que era chico, explica.


Esta es una de las frases que más repiten los que están dentro del turf: "desde chico me gustaban los caballos"; es que el turf es pasión que en la mayoría de los casos se transmite de generación en generación, como ocurre con los jockeys.


Los más notorios.

Corría la década de los 80. Su padre era jockey y prometió que si ganaba la Triple Corona (las tres carreras más importantes de las nuevas generaciones) le ponía a su primer hijo el nombre del caballo que montaba: Hampstead.


Hoy, 36 años después, Mario Hampstead González, cuenta orgulloso el origen de su nombre. "Menos mal que se llamaba así", dijo entre risas, en referencia a los nombres raros que suelen tener los purasangres.


Hace 18 años que es jockey, pero desde los 12 empezó con los caballos. Según cuenta, dejó todo por eso, incluso los estudios. Pero aclara que no se puede quejar. "Hace 20 años que vivo gracias a eso".


Hampstead nació entre caballos, y el gusto por el turf le vino por herencia. Su padre, su tío y su abuelo también fueron jockeys; su hermano es entrenador.


No cualquiera puede ser jockey. Además de jinete consumado deben tener determinadas características físicas: ser bajos y pesar poco, aunque Hampstead mide un excepcional 1.73. Por eso su dieta es muy exigente. Le cuesta más que a otros llegar al peso adecuado para cada carrera.


Prácticamente todos los jockeys evitan cenar, comen muchas frutas y verduras y en las tardes realizan actividad física, y luego visitan el sauna. Los días previos a la carrera algunos ni siquiera comen. Hay veces que tienen que bajar 4 o 5 kilos en una semana.


Los menos visibles.

Para poder ser anotados en Maroñas, los purasangres deben tener su carné sanitario actualizado: "Debe estar vacunado y tener los estudios correspondientes", dice Ricado Orozco, encargado del departamento de veterinaria. Los días de carreras, primero se los pesa, y luego se les realiza un examen, donde se constatan la aptitud y la condición física de los caballos para afrontar la competición: el corazón, el sistema respiratorio, la visión y el aparato locomotor son algunos de los estudios que realiza el veterinario.


Cerca hay una amplia sala que exhibe más de 2.800 coloridas chaquetillas colgadas de percheros, que identifican a cada uno de los studs. Algunas datan de principios del siglo XX, aunque el stud ya no está activo. Pero hay otras que tienen más de 80 años y siguen vistiendo al jockey.


Desde hace 14 años, el encargado de entregar las chaquetillas a cada competidor es Marcos Mitta. Él es también quien debe ordenarlas, registrarlas y durante la semana, lavarlas y volverlas a colocar en su lugar. En otra sala está Nicolás Patrón, el responsable de acercarle a los jockeys las monturas y las cinchas que llevarán los caballos.


Se podría seguir enumerando a muchos más "trabajadores invisibles" de esta "industria", como los encargados del control antidopaje, que toman las muestras biológicas de los animales y detectan cualquier sustancia ilegal utilizada para aumentar el rendimiento del caballo; los operadores de las gateras que ayudan al caballo y al jockey a situarse en el punto de largada; los que llevan a cabo el mantenimiento de la pista de casi tres kilómetros de largo, que cada día, luego del entrenamiento matinal, deben arreglarla, rastrillara y regarla; o los herreros, que comprueban que los caballos corren con el herrado reglamentario. Los trabajadores "invisibles" son muchísimos, aunque una carrera no dure ni tres minutos.


Planes para insertar en el mercado a los jóvenes.

El centro hípico constituye la principal fuente de trabajo para la mayoría de los vecinos de Maroñas. Consciente de ello, la empresa promueve diversas iniciativas para formalizar y profesionalizar los distintos roles que forman parte de esa industria. Lleva adelante una Escuela de Jockeys y Vareadores, realiza junto con la UTU el programa de Formación Básica en hípica y cursos de Auxiliar de Caballeriza. En total, reciben formación más de 80 jóvenes al año y cerca de un centenar tiene su primera experiencia laboral el 6 de enero, en el Gran Premio Ramírez.

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